Blog de José A. Maldonado

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Actualidad Vivencia: El calor en los años cincuenta

¡Aquellos tórridos veranos de los años cincuenta en el pueblo! Lo que voy a contar son experiencias personales que se me vinieron a la mente en los días de las temperaturas extremas de esta ola de calor que tuvimos que soportar y en los que todos nos quejábamos del calor infernal.

En aquellos tiempos de mi ya lejanísima niñez, cuando a mi padre le daban las vacaciones, el mes julio o agosto (no se solían partir), nos íbamos a la casa de mi abuela materna en el pueblo, Alcolea del Río (Sevilla). Un hermoso e histórico pueblo andaluz, eminentemente agrícola, con todas las fachadas blancas –encaladas- para mitigar el calor y en el que vivían unas tres mil personas.

Está enclavado a orillas del Guadalquivir en su margen derecha y en cuyo cauce, a esa altura, los árabes construyeron un molino harinero (había muchos en la vega de este río) y sobre sus ruina, ya en la cristiandad, se llevó a cabo la edificación actual en el siglo XV y estuvo funcionando hasta mediados del XX.

Hasta finales de los años cincuenta, aunque os parezca mentira,  las calles estaban aun sin asfaltar (como en infinidad de pueblos pequeños de España), por lo que cuando llovía varios días seguidos, se formaban grandes charcos y después, con el paso de los carros y los animales, se convertían en un barrizal.

Pero hay no quedaba todo. A esto hay que añadir que no había agua corriente en la casas. Allí, en nuestro patio, existía un pozo del que se sacaban cubos de agua pero no era potable y solo servía para lavarnos. La ducha consistía en echarnos uno de eso cubos por la cabeza y para lavarnos las manos se empleaba una palangana.

El agua potable la traía un paisano en carro-cisterna. Iba pregonando su proximidad y la gente salía a las puertas de sus casas con cantaros o barreños. Si se necesitaba más, como era nuestro caso, había que ir a la fuente que estaba en las afueras del pueblo con uno o dos mulos para llenar los cántaros que se precisaban.

No había más más teléfono que el una centralita a la que había que acudir para poner una conferencia que podía tardar horas hasta que te conectasen con quien habías pedido. Por supuesto, tampoco había frigorífico. Disponíamos de una nevera pero para que su interior estuviese fresco era necesario ir a la fábrica de hielo a comprar unas barras que se transportaban liadas en sacos hasta la casa, donde se troceaban y se metían en ese invento rudimentario llamado nevera.

Ese era el panorama al que nos enfrentábamos a los 40ºC o más (exactamente como ahora pero sin los medio de que hoy disponemos). Cuando era la hora de acostarnos, la parte alta de la casa, lo que allí se llama “soberao”, vagamente recuerdo, dada mi corta edad, que aquello era un horno por lo que muchas noches mi padre y mi tío sacaban colchones al patio, junto al pozo, y allí pasábamos la noche, mi tío, mi padre, mis primos y yo, oyendo el grillar (cri-cri cri-cri) de algún grillo.

Antes de dormirme miraba con asombro el firmamento completamente estrellado que en la ciudad no se podía ver debido a las numerosas luces que la alumbran. Mi padre me enseñó a distinguir la estrella polar, la osa mayor y la osa menor.

El amanecer era “amenizado” por el sonido de la chicharra y cuando el sol comenzaba a despuntar nos recogíamos al interior. En más de una ocasión nos sorprendió alguna tormenta y nos mojábamos por lo que había que salir corriendo con gran jolgorio de los pequeños.

Al final de la década el pueblo comenzó a modernizarse a pasos agigantados. Llegaron casi al unísono el agua corriente, el asfaltado de las calles y el teléfono a algunas casas.

Veis que los niños de entonces no teníamos, ni mucho menos, lo que tienen los de ahora pero no echábamos de menos lo que nunca habíamos tenido y éramos tan felices o más que estos.