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Jueves, 22 de julio, 2010
Aquellos veranos de hace más de medio siglo
Casi todo en la vida es relativo. ¿Por qué digo eso? Voy a tratar de explicarme y a buen seguro que quienes lean estas líneas y tengan bastantes años lo entenderán muy bien y les traerá recuerdos.
Hace unos días intervine como ponente en uno de los cursos que de la Universidad de Verano de El Escorial y el Director del mismo, editor de muchos telediarios, señalaba, a mi juicio con razón, la relevancia desmesurada que se las con frecuencia a las situaciones de calor, en época estival, o de frío en invierno. Y no se refería a aquellas que llegan a causar víctimas o grandes trastornos sino, pongamos por caso, a esas otras en las que en los meses de julio o agosto los termómetros llegan a marcar valores de 37 o 38ºC en el centro o el sur de la Península o a las que en enero propician algunas nevadas en la mitad norte. ¿Es que eso puede extrañarnos? Lo anormal sería lo contrario, o, si nos referimos al verano, el que durante toda la estación se estuviesen registrando valores extremadamente altos, como sucedió en el 2003.
Cuando oigo que nos quejamos de lo que hasta ahora nos ha deparado el verano (y no digo con esto que no haya habido días muy calurosos) se me vienen a la memoria más que nunca aquellas vacaciones de mi niñez, que con tanta ilusión esperaba y que pasaba en el pueblo de mi familia, Alcolea del Río (Sevilla), al que tanto quiero y en el que tan buenos momentos he vivido y espero seguir viviendo. Allá a mediados o finales de los años cincuenta, cuando permanecíamos allí dos meses, en plena canícula, no solo en aquella localidad que tiene más de tres mil habitantes, sino en los de la inmensa mayoría de la provincia y de otras muchas zonas de España, no había agua corriente en las casas sino que había que sacarla del pozo o ir a por ella a la fuente tanto para beber como para lavarse (no existían, en consecuencia, cuartos de baño); para echar un trago fresco teníamos el botijo (en Andalucía es más habitual llamarle búcaro); para intentar suavizar el sofocante ambiente no había otra posibilidad que utilizar el abanico o el ventilador pero como las instalaciones eléctricas eran bastante deficientes los cortocircuitos eran numerosos y, por tanto, esos “refrescamientos” experimentaban frecuentes parones. Eso del “aire acondicionado”, solo pensarlo hubiera sido ciencia ficción.
Ni que decir tiene que nadie tenía piscina ni podía existir una municipal puesto que no había agua. A lo más que se podía aspirar en algún caso era a darse un chapuzón en las albercas de las huertas que había en los aledaños o, la gente más atrevida, a bañarse en las aguas del Guadalquivir, lo cual entraña su riesgo.
Por supuesto, tampoco existían frigoríficos. En algunas casas (las de los más pudientes) había unas neveras que no enfriaban merced a un motor movido por la corriente eléctrica sino que había que introducirles hielo que, a su vez, había que ir a comprar a una fábrica que existía en el pueblo donde lo vendían en barras y que se transportaba en cubos o al hombro, envuelto en un plástico, para luego trocearlo.
Al piso de arriba de las casas (constaban, en general, de la planta baja y una superior) se les conoce en los pueblos andaluces con el nombre de “soberao” (aunque lo correcto es soberado) y, como podrán imaginar, en aquellos días en los que, como ahora, ni más ni menos, se alcanzaban en esa zona máximas de 38 o 40ºC y, a veces, más, y mínimas de 24 o 25ºC en la calle, las de ese habitáculo no bajarían por la noche de los 28 o 30ºC. Dormir era prácticamente imposible y por eso (en casa de mi abuela se hacía) se ponían colchones en el patio y se pasaba la noche a la intemperie. Eso sí, los niños de aquella época teníamos la suerte, que los de ahora no pueden disfrutar con facilidad, de poder contemplar un cielo plagado de estrellas.
Pues sí, amigos, así se vivía en aquellos veranos, y encima éramos felices porque no añorábamos lo que no teníamos. Claro que, por aquel entonces, tampoco disponíamos de un televisor (los primeros llegaron a Sevilla a principios de los sesenta) con no sé cuantos canales poniéndonos imágenes del terrorífico calor que azotaba a España.
¿Ven por qué decía que casi todo es relativo?

